Despediste a tus nietos y anunciaste
la retirada a tu alcoba, sabias que la fiesta no terminaría, pero aun así
continuaste tu camino fingiendo cansancio. Al llegar a la habitación encendiste
la vela perfumada que yacía junto al Niño, rezaste un Padre Nuestro y te
acostaste. No podías dormir, muchos recuerdos invadían el momento y no tenías intenciones
de buscar quedarte dormida. Sonreías mientras tarareabas una canción con voz de
añoranza, apenas perceptible.
La noche previa, mientras todos farreaban escuchaste de nuevo el viejo
disco de Gladys Moreno, cuan feliz te hizo recordar esos días de Carnaval,
donde al compás de la banda entonando un taquirari suspirabas al lado de tu
amor de carnaval, un Taura de estirpe, gallardo y sobrador, que enloquecía a cuánta
pelada se acercase. Y pensar que de eso hace más de cincuenta años, que parecen
pocos, como si de ayer se tratase.
La alegría fue invadiendo tu pecho
hasta impedirte seguir acostada, a través de la puerta robusta que protegía tu
aposento se filtraba la música proveniente del segundo patio, donde aún continuaba
la fiesta. En tu mente un pensamiento recurrente acompañaba la guitarra que
homenajeaba el último día del festejo, Carnaval de amores fugaces que no se
pueden olvidar. Y abrazando en alma el recuerdo, aguardaste esperanzada la
llegada del próximo Carnaval.
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