Con nostalgia don Antonio
recuerda sus tiempos de juventud en Carnaval. Con sus amigos iba al
corso, salían los tres días de mojazón, las 11 noches de mascaras, ¡ah!, ojalá hubieran
sido veinte, nos dice cuando nos cuenta con profunda añoranza sus historias
carnavaleras. Relata que hace 40 años llegaba la fiesta y el pueblo se divertía
a lo grande. Los tres días bailaban con cada comparsa al son de las bandas y
tamboritas. Sin embargo
hay un día que recuerda más que los demás...
La noche del tercer día en El Caballito cada uno de sus
amigos se emparejó con una mascarita, pero a él no le llamaba la atención
ninguna. Decía que todas eran iguales, que parecían cortadas con la misma
tijera. De pronto vio entrar a una joven bien plantada, con una máscara que la
diferenciaba de las demás. Parecía bordada por ella misma y de color rojo
oscuro al igual que su vestimenta. Esa mascarita si lo cautivó y no pudo evitar
sentir una enorme curiosidad por saber quien era la misteriosa joven
No dudó en invitarla a bailar complacido de que ella
estuviera sola. La muchacha aceptó haciendo un gesto con la cabeza. Pasaron
horas bailando y
intercambiando miradas hasta que por fin tuvo valor para preguntarle su nombre,
la muchacha no respondió, lo cual no le pareció extraño. No insistió al pensar
que simplemente era algo reservada. Ella le indicó que iría al baño y al volver le trajo un anisado que él bebió
gustoso. Eso es lo último que recordó al despertar en una esquina del Arenal
solo y sin su dinero.
Original escrito por: Fernanda Candia
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